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03 junio 2011

El cazador de iconos, un refugio bohemio en la Judería


En el 53 de la calle Corregidor Luis de la Cerda, allí donde se estrecha esta popular arteria de la Judería cordobesa, existe un lugar refugio de la bohemia amante del buen gusto por el jazz y el folk, el arte contemporáneo y la conversación distendida, donde la noche del último día de mayo, excepcionalmente para homenajear el setenta cumpleaños de Bob Dylan, acudimos a eso de las diez. El cazador de iconos albergaba a un grupo de amigos bajo el reconfortante reclamo de una cata de vino tinto, a quienes el tiempo irremediablemente se les había echado encima mientras el juglar de Minesota esperaba su momento, y como el portón estaba de par en par nos colamos. Tras la barra iban y venían el pintor Esteban Ruiz y su socio, el editor gráfico Luis Calvo distribuyendo copas con el caldo elaborado por una artesanal bodega extremeña, cuidado y mimado para deleite de los parroquianos. Por la tarde, y a través de facebookJosé Juan Gámez me había avisado de esta reunión, él y Luis Calvo ya se conocían cuando ambos compartían trabajos de infografía editorial en Madrid; con el tiempo Calvo cogió el tren con destino al sur y Gámez se abrazó a su destino formando una familia en la capital. Así que al mentarle a Luis la amistad que me une con mi inseparable compañero de billar, ya no nos dejó ir, y al instante, junto con mi mujer, Carmen, fuimos agasajados con vinos y un agradable tapeo frío mientras echábamos un vistazo a los cuadros y otros artículos a la venta en este local, porque, lo descubrimos entonces, El cazador de iconos es un shop-bar (creo que es el único que existe actualmente en Córdoba), donde se pueden encontrar además piezas de joyería elaboradas con materiales étnicos, camisetas, álbumes, pinturas y catálogos, entre otros detalles elegantemente distribuidos.

Cuadros de arte contemporáneo conviven con estanterías que guardan colecciones de piezas de joyería, algunas en plata y otras elaboradas con materiales étnicos; abajo, Esteban Ruiz (izquierda) y Luis Calvo saludan tras la barra de El cazador de iconos..



Me agradan estos refugios donde el tiempo pasa lentamente, sin estridencias y con la sorpresa de que si no encuentras a alguien conocido, te marcharás con algunos correos electrónicos anotados y el dulce sabor de que has simpatizado con gente agradable. Algo así ocurrió el otro día cuando los acordes de Like a rolling stone avivaron recuerdos y vivencias entre los dylanitas que allí nos dimos cita, entre ellos Francisco Lira, una fuente certera e inagotable si queréis saber de los artistas influenciados por el cantautor y cómo era el panorama social y bohemio de la España de los años sesenta: "La primera vez que escuché a Dylan yo tenía ocho años y las canciones fueron las del Freewhelin', aquellos días los discos de Bob nos los traían los marines", asegura. El vino tinto, del que tan afamado es el juglar de Minesota, es el otro reclamo para que los parroquianos nos acerquemos a unos caldos frescos y agradables, y ése, el que quisimos hacer nuestro, al que habían bautizado con el nombre de Habla, que da vitola a la bodega de Trujillo, y del que ya esperamos nos envíen una caja, aunque eso sí, volveremos para echar un ratito con Esteban y Luis y su mujer, Manuela, quien nos puso en antecedentes de este local, abierto hace un año. Desde entonces, El cazador de iconos despunta, además de por sus ricos caldos, cócteles y variedades de vargas, por la singularidad de sus exposiciones de lienzos y gráficos contemporáneos y unas inolvidables sesiones de jazz. La originalidad de entrar en una tienda-bar es algo que viene sorprendiendo a la clientela que accede por primera vez al local. "Incluso hay quien se queda en la puerta a la espera de que le permitamos entrar, creen que se trata de un local privado", apunta Luis Calvo, quien agrega: "Yo les digo, pasen, vean, compren y degusten, es una buena idea". El editor gráfico mira en derredor con aire pensativo: "Creo que nos hemos adelantado al tiempo",  dice en un intento esperanzador de que la fórmula agrade al público.

Es un lujo, por qué no decirlo, tomar una copa rodeados de ideas creativas, además de buenas sensaciones que emanan de lienzos y estatuillas, ornamentos, viñetas e iconos y el trabajo bien hecho que, junto con la música, constituyen los ingredientes del mejor cóctel de El cazador de iconos.

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