Cualquier momento habría de ser bueno, así que el sábado nos levantamos con la idea de hacer algo diferente y al mediodía pusimos rumbo a Sevilla, el día era espléndido y la ganas de hacerle un pase de pecho a la rutina aún mayores. En escasa hora y media entrábamos a los sótanos del aparcamiento cercano a La Maestranza, en el Paseo de Colón, desde donde iniciamos un recorrido por las callejuelas en dirección al centro. La gente se había echado a la calle animada por el buen tiempo, y en Andalucía no necesitamos de más pretextos para poblar calles y plazas en busca de un encuentro con la ciudad.
No habíamos andado ni trescientos metros cuando hicimos la primera parada en un barecito que hacía esquina en una recoleta plaza y en cuyo frontispicio se leía gustosamente: Mesón Cinco Jotas, sobran definiciones acerca del plato estrella del local. Con unas cervezas y unos montaditos de pringá, muy tradicionales en la ciudad hispalense —recuerdo gratamente los que sirven en el Patio de San Eloy, ubicado en la calle del mismo nombre en dirección a la Plaza del Duque—, abrimos boca. No era el día para revisitar este acudidero tan afamado, con nombre de platero, y entre rincones y zaguanes salimos a la avenida de la Constitución, cerca de nuestro objetivo: La Plaza del Salvador. Pasaban minutos de las cuatro de la tarde y la bulla reinaba en la plaza, atestando los soportales desde los que se abren las tascas que pueblan la acera izquierda. Hicimos parada en la taberna La Antigua, de cuyo local salí con dos cervezas heladas y un plato de aceitunas sevillanas aliñadas, una de las muchas especialidades de esta bodega que oferta un sinfín de montaditos a cual más sabroso. No tarda uno en contagiarse de este ambiente tranquilo, amigable, dicharachero y cómplice que se vive en esta plaza, centro donde el barrio se abre a nuevas experiencias y estilos de vida.
No habíamos andado ni trescientos metros cuando hicimos la primera parada en un barecito que hacía esquina en una recoleta plaza y en cuyo frontispicio se leía gustosamente: Mesón Cinco Jotas, sobran definiciones acerca del plato estrella del local. Con unas cervezas y unos montaditos de pringá, muy tradicionales en la ciudad hispalense —recuerdo gratamente los que sirven en el Patio de San Eloy, ubicado en la calle del mismo nombre en dirección a la Plaza del Duque—, abrimos boca. No era el día para revisitar este acudidero tan afamado, con nombre de platero, y entre rincones y zaguanes salimos a la avenida de la Constitución, cerca de nuestro objetivo: La Plaza del Salvador. Pasaban minutos de las cuatro de la tarde y la bulla reinaba en la plaza, atestando los soportales desde los que se abren las tascas que pueblan la acera izquierda. Hicimos parada en la taberna La Antigua, de cuyo local salí con dos cervezas heladas y un plato de aceitunas sevillanas aliñadas, una de las muchas especialidades de esta bodega que oferta un sinfín de montaditos a cual más sabroso. No tarda uno en contagiarse de este ambiente tranquilo, amigable, dicharachero y cómplice que se vive en esta plaza, centro donde el barrio se abre a nuevas experiencias y estilos de vida.
"Tiene Sevilla un aventurado enamoramiento en ese barrio de La Alfalfa con sus tascas y bodeguitas de casta reciedumbre que invitan al solaz culinario y a la amigable charla"
Salimos de la bulla en dirección a la iglesia de Santa Catalina, paseando por un sesgo de callejuelas y revueltas donde el tiempo parecía haberse detenido en sus antiguas casas levantadas al pie de vetustas tiendas, dejando atrás renovadas plazas como la de la Encarnación, donde nos sorprendió la mastodóntica estructura del Metropol Parasol, conocido entre los lugareños como las Setas de la Encarnación, obra del arquitecto berlinés Jürgen Mayer, cuyo interior alberga un mercado, locales comeciales, restaurantes, un mirador, una plaza de espectáculos y el museo Antiquarium que, ubicado en el subsuelo, conserva el yacimiento arqueológico más importante de la etapa romana en Sevilla.

Regresamos al centro, Encarnación abajo, hasta la confluencia con la calle Sierpes, la gente inundaba las aceras, se arremolinaba en los soportales, disfrutando unos y otros de una soleada tarde, y no fue casualidad que nuestros pasos nos llevarán hasta el lugar donde se alza una de las confiterías con más solera de Sevilla, que adopta el nombre de su calle: La Campana, abarrotada para variar durante la sobremesa. Haciéndonos un hueco en la barra pedimos unos cafés y una tortita de polvorón especial de la casa, elaborada con harina, manteca, canela, azúcar, yema de huevo y el ingrediente que más me sorprendió: el clavo, el cual deja su rastro aromático en una repostería centenaria. En la cercana plaza del Duque se habían instalado algunos pintores, que de seguro habían estado por la mañana en la plaza del Museo, el recoleto lugar bohemio del Montmartre sevillano. Embocamos la calle de San Eloy, dejando atrás la taberna patio tradicional que lleva su nombre, cuya sacristía ya habíamos visitado en otros viajes pero que siempre queda pendiente una vez más, como Sevilla, una hermosa ciudad donde sólo hace falta dejarse llevar para ser feliz.
Ilustraciones:
Plaza del Salvador: José Ignacio Velasco. Plaza de la Alfafa,: Luis Ruiz., ambas en estilo Urban Sketcher. Taberna El Rinconcillo, extraIída del blog Viajes morrocotudos. Postal de la confitería La Campana, de la página web Todo colección.
3 comentarios:
No estuvo mal el sábado, Sevilla es mucha Sevilla, y en cada rincón se descubre algo interesante, la gastronomía de lujo, pero lo mejor su gente. Una Vallisoletana en Sevilla. Un saludo, Clara.
Siempre que voy a Sevilla paso por la Taberna de San Eloy a refrescarme y degustar un montadito. Hola Jose Carlos, de blog en blog en caido aquí y me quedo como seguidor tuyo. Es genial. Saludos
Me encanta.....para la proxima avisaaaaa.....
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