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13 mayo 2013

Las Alpujarras, un paraje terrenal de herencia viajera



Alguien sugirió la idea de pasar un fin de año en las Alpujarras granadinas y allá que nos fuimos repartidos en dos casas rurales agarradas a lo largo de los abruptos y verdeados escarpados del Barranco de la Poqueira. Veinte años habían pasado de la última vez que nos adentramos en este parque natural atravesado por sinuosas carreteras y travesías, perfilado por valles y riscos y surcado por ríos a cuya vera habitan gentiles pobladores, todo seguía igual para nuestra suerte. A medida que asciendes por la carretera que ha de llevarte a las estribaciones de la cara sur de Sierra Nevada sientes el empuje de una tierra que ha inspirado historias a literatos y viajeros románticos, las vivencias humanas de Pedro Antonio de Alarcón y Gerald Brenan, sintiéndote heredero del testamento andaluz de Antonio Gala y los versos lorquianos que por las noches el viento susurra bajo la blanca luna. Con este bagaje y algún que otro mareo provocado por la enésima curva, los destinos de Pampaneira y Capileira empezaron a vislumbrarse en esta Alpujarra alta que sube hasta los pies del Veleta.


 "Vi una reina de Saba desgranando maíz sobre una pared color ratón y violeta, y vi a un niño de rey disfrazado de hijo de barbero". (Garcia Lorca)




Fachada de 'Casa Nicolasa·, en Capileira.
En Capileira nos esperaba Casa Nicolasa —en calle Vieja—, una estructura rústica levantada casi al final de la pendiente escalonada que da entrada a callejuelas y viviendas en este pintoresco pueblo alpujarreño, adaptado a los perfiles del terreno, un suplicio para quien no tenga buenas piernas y mejores pulmones que resistan el envite de las empinadas y pedregosas callejitas hasta llegar a la plaza de la iglesia. La casa está ambientada en estilo rústico, a veces da la sensación de que habitamos una cueva a estilo bereber. Bien acondicionada y decorada con vetustos artilugios de cocina y labranza donde no faltan además grandes lienzos de tela ilustrados con motivos arabescos claveteados en las paredes a modo de tapices, unos cuadros muestran láminas de personajes durante la recolección de aceitunas y carteles promocionales de bodegas andaluzas, los ramilletes de plantas medicinales colgados estratégicamente del techo de la cocina y los libros de antiguo alineados por las rudimentarias estanterías de madera y en huecos horadados a propósito en algunas paredes.

La casa obliga a sus inquilinos a estar pendiente de ella en todo momento, pues al menor descuido, sobre todo en la zona alta, por cuyo angosto pasillo se abren dormitorios y baño, puedes pulirte la cabellera en el entramado de madera del bajo techo. Por encima de tejados planos de pizarra sobresalen las típicas chimeneas alpujarreñas que despiden los humos de los chubesquis, uno de éstos, ubicado en el centro de la cocina, calentaba la zona baja de la casa. Dos detalles me llamaron la atención, en la fachada perdura una gruesa asa de hierro encalada donde los hortelanos ataban a las bestias después de la faena y desde donde se liberaba a éstas del contenido de sus alforjas; nada más entrar en la casa el olor a guarida rustica se hace más reconocible en tanto en cuanto nuestros pueblos de la campiña y sierra cordobesa madera y piedra conviven en armonía. Una vivienda con encanto, que aprovechamos ocasionalmente, pues el resto de la familia ya estaban preparando el fin de año en un cortijo de Pampaneira, cuya chimenea humeaba día y noche.


Pepe, agricultor, "del otro lado de las Alpujarras",  monta su tenderete en la plaza de Capileira
donde ofrece a los viajeros lo de mejor su recolección: níscalos, higos secos, miel, almendras y paludú de palo. 

Si novia es lo quieres, esta Fuente
de San Antonio te ayudará. Eso dicen.
A mediodía rulamos por el pueblo. Tiene Capileira el encanto de la esencia rural plasmada en sus calles pedregosas y en las encaladas fachadas de las casas, de sencilla arquitectura, coloreadas por los parterres de flores que caen en cascada de sus balcones, mientras de algunas paredes cuelgan, ocasionalmente, ristras de pimientos choriceros. La plaza de la iglesia es el centro de reunión en bares y tiendas. En una de las terrazas, calentados por el tibio sol invernal, tomamos la primera cerveza y pedimos unas migas que nunca llegaron, para desazón nuestra y agobio del cocinero que tenía una buena comanda que atender antes que a nosotros. No son las migas tradicionales cordobesas, estás alpujarreñas se elaboran con harina, su presencia en el plato era imponente y nos quedamos con ganas para ese otro día que nunca llegó. Pasear por el pueblo es impregnarse del encanto de sus detalles, historia y mezcolanza de pueblos, allá donde fueres se vive el culto a las tradiciones, como el acercamiento a la Fuente de San Antonio, adonde uno recala con curiosidad y descubre a los duendes del agua: No digas nunca de este agua no beberé/ pues esta fuente que aquí ves/ es fuente de la verdad/ y tiene tal magnitud/ que a beber su agua invita/ la confirmó un devoto/ que feligrés de esta iglesia/ y soltero que la bebe con intención de casarse/ ¡no falla pues al instante!/ novia tiene ¡ya lo ves!. , Unos pasos mas allá se abre el museo del chocolate, una mezcla de sensaciones y aromas donde descubrirás mil y una manera de elaborar el cacao y si te atreves no tienes más que probar el chocolate con chile, insólito. Y aunque sea típico, no nos fuimos a la siesta sin probar la sopa, ensalada y platos alpujarreños en uno de los cientos de mesones con fogones rurales.




La casa de Pampaneira distaba tres kilómetros del pueblo, desde cuya veranda se atisban las aguas del río Poqueira saliente del salto de la central hidroeléctrica. A los pies de la casa un pequeño huerto delata el interés de sus dueños, que regentan un hostal en el pueblo, por el cultivo de hortalizas. En esta casa pasamos una acogedora noche de fin de año y dimos cuenta de sencillas viandas, empezando por mimados canapés (ideados y montados por María José) y donde no faltó la clásica sopa de picadillo (se notaba la mano maestra de mi cuñada María del Mar), que rematamos con una parrillada de carne variada. En una noche como ésta mejor no complicarse en la cocina con platos especiales, pues todo cuanto se avecina después de las uvas viene con sones y ganas de fiesta, así que mejor no ir cargado.

"Aquella irresistible comarca, cuyo cielo me sonreía sobre la frente soberana del Mulhacén, era la indómita y trágica Alpujarra" (P. A. de Alarcón"



Y al final...nuestro último día en las Alpujarras transcurrió en la casa de Pampaneira, donde dispusimos de medio día para hacer las maletas y captar nuevas imágenes del inagotable paisaje. Quedaban algunos restos de comida que no habíamos preparado, así que mis cuñados Sergio y Cari se pusieron manos a la obra para elaborar un arroz con el que despedir nuestra estancia en esta sierra. Buscando aquí y allá lograron hacer acopio de unos filetes de presa ibérica, pollo, champiñones, guisantes y habas. Hasta el último momento improvisamos en nuestra andadura viajera. Hay momentos de esta estancia en las Alpujarras que perdurarán en cada uno de nosotros de una manera personal e incluso intransferible, pero éstos que subo al blog son algunos por los que quizá merezca la pena viajar a este intemporal paraíso.

Ver Algunas fotos del viaje a las Alpujarras


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